Alberto aún recuerda aquella entrevista de trabajo como si hubiera sido ayer mismo. Entraba a las cinco y media de la tarde en su, por entonces, explotador trabajo. A las cinco había quedado con aquel señor que tan amablemente le dijo por teléfono que estaba deseando intercambiar impresiones. Así llegó Alberto, puntual. Y el señor se demoró más de media hora. Cuando llegó, abrió la enorme puerta de la entrada y se adentraron en aquel local oscuro y maloliente a humedad, que bien podría haber sido la mansión de Drácula. Subieron unas incómodas escaleras y doblaron un pasillo hacia la izquierda, un pasillo que les llevaba hacia la oficina del Sr. Don Director, aquel Sr. Don.
Todo era antiguo, los cuadros de sus majestades los Reyes de España (tras escondían sendas cajas fuertes), el mobiliario años 60's (-Pero, ¿aquí no vendían muebles?- Pensó). Y el Sr. D. comenzó el sermón, pues lo de intercambiar impresiones fue un decir. El señor comenzó a hablar, sin parar, de las ventajas de su empresa, que llevaba asentada cuarenta años en la ciudad; que si decidía incorporarse en aquella tienda, podría crecer; que si no le iba bien, podría pasar al maravilloso mundo de la distribución comercial, porque él obstentaba un importante cargo de una plataforma mayorista. También le comentó que en pocos años se jubilaría y que él podría ocupar su puesto, su lugar, en tal insigne empresa. El ávaro maloliente le tentó con que quería que ganara dinero, que allí, sin duda, iba a trabajar mucho, pero que lo ganaría. El charlatán viejo le instó a que abandonara su actual empleo, ya; que dejara colgado a su actual jefe sin el veneplácito de los quince días de preaviso que marca la ley, pues de él era conocido y no era merecedor. El ávaro le ofreció doscientas mil pesetas (1.200 €) durante los seis primeros meses, impuestos indirectos no incluidos, vendiera o no; y, lo más grande, le ofrecía un contrato indefinido desde el primer día. En fin, un gran cambio a su vida. Alberto no era muy listo, el olor a humedad y a tabaco no lo dejó oler más allá.
A Alberto lo único que le importaba era terminar de pagar su coche, no trabajar los sábados por la tarde y estar a diez minutos caminando de su casa. Además, estaba ya cansado del otro lugar y decidió darle un cambio a su vida. Así hizo y, a los cinco días, comenzó a trabajar allá.
¡Jamás había visto tanto trabajo acumulado! Tan pronto comenzó a trabajar, el (incompetente) hijo de su jefe se pilló vacaciones por casi un mes; evidentemente, lo estaba esperando.. El señor, todas las mañanas, se le sentaba en frente con aire dictatorial, como un viejo maestro de escuela. Le dictaba, para que escribiera fielmente al original en un cuaderno comprado para eso, las (sus) normas. Eran las normas que debía acatar, "porque él era el dueño y en su casa mandaba él y porque lo tenía que llamar de Don". Si a alguien en esa empresa habría que llamarlo de Don era a Alberto, pues su titulación académica asi lo acreditaba. Le mandaba trabajos estúpidos que justificarán "el sueldo que le regalaba", una serie de rutinas que no iban a ningún lado:
- Contar lo que contó ayer y, cuando acabara, volver a contar.
- Unir pedidos con albaranes y albaranes con facturas.
- Arreglar el almacenito, el que estaba repleto de cucarachas, y el gran almacén, en el que dicen se divisaban ratas.
- Vigilar las luces de los pisos superiores y el ascensor.
- Dar los buenos días y las buenas tardes, porque pasara lo que pasara el día anterior, él los tenía que dar, obligatoriamente.
- Ayudar a los compañeros, cuando nadie lo ayudaba a él.
- No podía marcharse a casa, aunque su horario se hubiera cimplido, hasta no avisarlo a él y hasta que no acabara el último de los compañeros.
- Entrar media hora antes que nadie, para aprender, de manos de quien no sabe, un estúpido y sencillo programa de ordenador.
- Entrar media hora antes que nadie, para aprender, de manos de quien no sabe, un estúpido y sencillo programa de ordenador.
- Disfrutar de quince días de vacaciones menos el primer año, porque él, para ser justo, regularizaba vacaciones en diciembre...
Alberto aguantó el primer mes. Cuando fue a cobrar, cobró veintemil pesetas menos. Reclamó y el señor maloliente le dijo que eso eran los impuestos indirectos no incluídos, que no los iba, encima del favor que le hacía por tenerlo contratado, a pagar él. Y Alberto comenzó a sentirse engañado y a rozar, en bruscos planeos, el nido del cuco.
A la vez que el Don, su camada, los hijos de la gran M, comenzaron a hacerle Mobbing. Que si tenían que educarlo, cuando Alberto tenía acabada (brillantemente) su carrera y acumulaba más cursos que la Sorbona. Que si un vendedor tenía que vestir así, porque así vestía un caballero. Que nunca podía tocarse los bolsillos, que era de vagos. Eso sí, a gritos pelados. Que si "til", que si. "tal"... Un sin fin de molestias y exigencias, una tensión, un agobio como jamás había vivido, pero seguía cobrando menos.
No tuvo vacaciones ese año por cambiar de trabajo, ya que en el anterior no las había disfrutado. Hacienda se lo quiso fundir y comer vivo, porque el jefe, para que no le costara absolutamente nada y poder pagarle las ciento ochenta mil pesetas, lo tenía a 0% de IRPF.
Alberto trabajaba de lunes a sábado como un mulo, solo y peor que antes. Movía masas ingentes de artículos, hacía todo y temía, como nadie, que llegaran las Navidades, y el verano. Ese verano vino acompañado de la mayor ola de calor del siglo y lo pasó muy mal, pues nunca se había sentido tan cansado de trabajar. Tanto cansancio acumuló que los fines de semana, cuando salía a despejarse de marcha, se quedaba dormido, si se sentaba en los bares. Hasta que una noche de viernes, se quedó dormido en su coche y casi se mata. Alberto comprendió que conducir cansado era un peligro... Y siguió pagando su coche y los daños del accidente, con el sudor de su frente y la ampliación de los huecos de sus bolsillos. Definitivamente, el cambio fue a peor. Mucho trabajo, muchas humillaciones que rozaban la inconstitucionalidad y muy poco dinero. Alberto debía pagar cuatro años de letras de coche y un nuevo préstamo, el del accidente. Alberto deberá encadenar y encarcelar su cuerpo y su alma a su nueva empresa, la empresa familiar maloliente, hasta que lleguen tiempos mejores.



14 comentarios:
A veces la realidad es mucho peor... Vaya pesadilla. Pobre Alberto.
Capitán me ha dado una angustia del carajo
Un abrazo maloliente
No entiendo porque el destino pone a gente así a mandar y a otra gente, mucho más buena y competente a ser unos pringados. No es justo en absoluto.
Uffff, si que qué narración tan aflictiva, encarcelar y encadenar su cuerpo y su alma, seguro por la necesidad. Uffff, pasa en todas partes del mundo. En Guatemala, menos mal que a todo mundo lo llaman don o doña. No hay diferencia para ningún miembro de la sociedad. Ya he dicho que no soy doña que soy señora Pero tienen la tendencia a decirle a uno por ejemplo a mí doña Aída, les digo no soy doña soy señora pero insisten. Ufffff. Triste relato éste hombre. Hasta luego Capitán.
Cualquier día Alberto hace una masacre.
Si eso ocurriera no debería tener reproche penal.
Sería legítima defensa "acumulada".
Saludos.
Pues si la realidad es mucho peor, y hay muchos Albertos y mas por estos lares, al sur del sur, donde si un Alberto se va, llega otro Alberto y trabaja por menos dinero y es capaz de hacer mas horas.............por mucho que nos pese las empresas privadas apestan, da igual si son familiares o no, apestan por su forma de incluir la esclavitud en nomina, por que se comen quince dias de la vida de una trabajador sin consultarle si quiera, por que son capaces hasta de prohibir hasta diez minutos para ir a desayunar, por que escatiman hasta los centimos a la hora de pagar un salario,por que menosprecian la preparacion de un trabajador pensando que ellos son mas listos por que han hecho dinero a costa del sudor de los muchos Albertos que hay con necesidad de trabajar.
Ufff, Capitan, mal tema para mi.....(sindicalista genetica)
(Mobing). Me temo que hay mucho Alberto en nuestro país.....
Gracias, Menda, sería por la influencia de Macaco...
Como la vida misma.
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Con ese futuro es mejor irse, buscar otro trabajo le supondrá tiempo, pero mejorará su salud, y que hay mas importante que la salud?.
Ahora que estoy fuera de la pecera, puedo hablar.
Antes tambien, solo que hacias burbujas al hablar :-)
De qué forma nos meten en la trampa y cuando nos queremos dar cuenta ya estamos cazados, cumpliendo condena hipotecaria. Lo mejor sería largarse, pero no están los tiempos como para renunciar al curro, así que seguimos sujetos con los grilletes
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